Canciones de amor y guerra (entre Puente Alto y Valparaíso):
Sobre Cancionero de Patricio Contreras Navarrete
Por Pablo Jara
Hace harto tiempo que no tengo un cancionero en mis manos. Es un objeto de un mundo anterior, análogo. Recuerdo que los amigos de mis viejos, en las juntas que hacían cuando era cabro chico, siempre llevaban la guitarra y terminaban cantando. Alguno traía una carpeta gorda, con hojas mal fotocopiadas, con las letras y acordes de las canciones que formaban parte del repertorio que los había unido durante los años ochenta. Así quiero recordar que pasaban la tarde, cantando alrededor de una mesa, o sentados en el patio de una casa en el cerro Santo Domingo, fumando y escuchándose cantar. Porque daba lo mismo si alguno se le escapaba el tono, o el acorde salía mordido, lo importante era juntar las voces, recorrer la letra al unísono, encontrarse en esas canciones de juventud.
Este Cancionero de Patricio Contreras también nos lleva por los caminos de la memoria, del pasado común. Es un catálogo emocional compartido. Y ocupo el verbo “compartir” a propósito. Porque su poesía apela a la vivencia colectiva, aunque parta desde un lugar personal. Nos canta, por ejemplo, en el poema “Av. Pedro Montt”: “Abrir paso entre vivos y muertos / sobrevivientes del apocalipsis diario / pacos persiguiendo lo que venga / Juan Gabriel en el parlante vecino / el reggaetón de moda / cualquier cosa”. Y es que este libro, de alguna forma, viene de antes, de un escribir y hacer poesía que ya está presente en sus otras obras, Calle abierta (2016) y Territorio en disputa (2018), reunidas hace no mucho tiempo en Caminos interiores (2025). Es la continuación de una exploración formal, de una concepción poética y política que ha ido construyendo a lo largo de los años.
Pero en Cancionero el acercamiento se da desde otro ángulo, u otra vereda. Las imágenes se truecan. Ya no es la calle que conduce al barrio, ahora es la música sonando en la radio del living de la casa, “grabada en cintas de cassettes baratas”. Hay entonces un desplazamiento hacia la geografía del hogar y su intimidad, en donde vemos que la dictadura ha dejado sus golpes, también las caricias de amores antiguos o aquellos días de revuelta, encerrados por el toque de queda, acosados por ese helicóptero que revivió las peores pesadillas. Dice el poema “Antiyuta”: “Intentas gritar en medio de la noche / una paca culiá te persigue en sueños / la policía logró meterse en nuestra cama”.
La canción protesta tiene su eco en este cancionero. Hay una infancia forjada en los relatos de la resistencia, la que va siendo resignificada a través de la música que reverbera entre las paredes de la casa. Pero no solo se escucha eso, también suenan los boleros, la cueca chora, el rock, Violeta Parra, Bill Evans, Siouxie Sioux, Freddy Mercury. Todos y todas transitan por este libro en forma de cover, pero como nos dice en uno de los poemas: “Un buen cover / es una canción ajena / que acaba sonando a ti”. Entonces, a partir de esta recopilación musical se va reimaginando –o revolviendo– la vivencia y se despliegan los paisajes que componen estas páginas: calabozos con pankis trasnochados, los trenes que van al sur, plazas de Valparaíso o Puente Alto, el amor que emerge “como un desafío a las alturas”. Por sobre todo, son territorios sentimentales con las manos puestas en el clavijero, afinando el instrumento.
El hablante de estos poemas habita un sentimentalismo forjado en clave latinoamericana. Incluso, podríamos decir en clave de bolero y, a partir de ahí, se permite explorar y sentir, acercarse al pasado, a ese otro tiempo que ya no existe, pero que todavía es parte constitutiva de sí. Es el material que forjó una experiencia, atento también a su dimensión social. Es decir, no aparece como pregunta “romántica”, sino que se despliega preguntando en torno a lo que pueda significar un “nosotros”. Por ejemplo, en el poema “VII” nos dice: “Me contradigo: el amor / no tiene por qué ser / un acto de rebeldía / también la seguridad / la compañía diaria / la certeza / de que habrá alguien a tu lado / sin pedir nada a cambio”. O en el poema “Lo humano y lo divino”: “No hay Dios en estas páginas / pero todo este amor reunido / es un fuego que habla y canta”.
Así, Contreras no elude esa temática tan propia de la cantina bohemia, porque no hay bolero que no sea romántico, ni sonido más latinoamericano que el bolero. Cualquier buen disco de salsa que se precie de serlo –y que pareciera ser ungénero totalmente distante en su cadencia y ritmo– llora un bolero. Por eso también, creo, el autor decide escuchar con especial atención esa tradición musical –la primera parte del libro se titula justamente así– y reversionarla en clave poética, perdiéndose en sus tópicos y composiciones. Al final, la música no para de sonar, a pesar de que hayan intentado apagarla, a fuerza de lumazos y golpes por la espalda. Algunos amigos parece que ya no están, perdidos en los recuerdos de infancia y juventud. Alguien baila al fondo, escondido bajo la luz del reflector, el punteo de la guitarra queda flotando con el humo y solo queda flotando la voz cantora, como –y cito–: “un puente de madera / siempre a punto de incendiarse”.